lunes, 8 de diciembre de 2014

Y duermo

El frío atenazaba todos mis músculos. Humo se deslizaba por mi garganta hasta mi boca, expulsando el calor de mi cuerpo. Sobre una roca observaba el paisaje que se abría ante mi.
Un gran río helado de aguas brillantes y cristalinas se movía lentamente sobre su cauce acunado por montañas nevadas. Altas montañas que tocaban un cielo impregnado de nubes que se confundían con la nieve de las cumbres. Roca viva, montañas tan vivas como muertas. Montañas con alma que hibernaban, esperando florecer en primavera. Bebiendo de las orillas del río, infinitos bosques de abetos cuyo final no lograba a divisar en su espesura. Altos, fuertes y de oscuro verdor custodian como fieles soldados las aguas del rio. Un río inerte que descansa de su largo recorrido y duerme. Y duerme. Y duerme. Y yo, cansada de mi largo caminar, me dejo mecer por el sonido del viento sobre las aguas. El canto de las montañas. Y los susurros de los árboles. Copos de nieve caen sobre mis ojos y duermo. Duermo con el viento. Duermo con el río. Duermo con los árboles. Duermo con las montañas.
Y duermo.
Y duermo.
Y duermo.

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