La realidad asusta. Nos da miedo hacernos mayores. Crecer. Y no es para menos. Llevamos años forjando una idea de nosotros mismos en el futuro y sabemos que esas expectativas no se van a cumplir. Todos recordamos ese día de escuela en el que la profesora acaba de escribir en la pizarra, se gira hacia sus alumnos, y les dice que escriban qué quieren ser de mayores en una hoja para luego decirlo delante de la clase. Si los sueños de esos niños se hubieran cumplido, tendríamos en el mundo hordas y hordas de peluqueras, bomberos, astronautas y policías.
Probablemente, esa profesora les mire risueña y le hagan gracia sus respuestas. Seguramente piense “pobres criaturas, no saben lo que se les viene encima”. Es más, en ese momento seguramente esa profesora cuarentona y soltera se pregunte en qué momento de su vida se torcieron las cosas. Puede que hubiera sido el día que le dieron las notas de selectividad que aparcaron su sueño de ser enfermera, o el día que descubrió lo mal que le sentaba el calimocho. O quizás fuera el día en que renunció a ese trabajo en el extranjero para quedarse con su novio de la universidad que, varios meses después, la dejó tirada para irse a descubrir mundo con esa vecina brasileña tan simpática. Probablemente pensó que nunca debió dejar los porros. A pesar de todos esos vaivenes que le había dado la vida, todavía se consolaba con que tiene un trabajo con bastantes vacaciones, el par de amigas solteras que le quedan (las casadas hicieron pandi) hasta que descubran que son lesbianas, y los viernes que se salta la dieta de la alcachofa comiéndose esa tarrina de helado Häagen-Dazs mientas ve por enésima vez Love Actually. Esta profesora de Primaria por lo menos se ha pensado un par de veces crearse un perfil en E-Darling. Idea que desechó porque eso es para “desesperados”.
Se lo que estáis pensando. Lo primero que puede que estéis pensando es en una palabra concreta: fracasada. O puede que estéis pensando: topicazo. Y, eh, no vais nada desencaminados. Pero hay gente que vive así y es mucho más común de lo que se pueda llegar a pensar. Afrontando la rutina diaria y habiendo renunciado a todos esos sueños que tenían cuando no medían más de dos palmos, y pensando todas las mañanas, mientras se miran al espejo, “¿Qué hice mal?”, ”¿cuándo se torció todo?”, “no lo entiendo, hice todo lo que se esperaba de mí”. Esta última frase es la clave. Hacemos aquello que se espera de nosotros y, además, no se nos da esperanzas de prosperar porque “son tonterías” o “son sueños locos”. Me ha pasado, y estoy segura de que a muchos de vosotros también. He tenido que oír frases como “Anda, anda, no digas tonterías” o “tú lo que tienes son muchos pájaros en la cabeza”. Y a esas personas yo les digo: sí, tengo muchos pájaros en la cabeza, y no pretendo que se vayan. Porque, puede que el camino ya se haya torcido. Puede que no vaya ser una actriz de éxito o una superpopstar (creedme, no queréis que lo sea), y es muy probable que no consiga tener mi muy soñado hipogrifo. Y repito, muy probable… No pretendo renunciar a esa posibilidad tan fácilmente.
En el mundo de los sueños y la imaginación todo lo que queramos es posible, y eso los niños lo saben muy bien. Les enseñamos a renunciar a estos sueños, pero quizás seamos nosotros los que necesitamos aprender de ellos. Hay sueños grandes, sueños pequeños y, por supuesto, sueños absolutamente improbables ¡qué duda cabe! Pero ¿qué sería la vida sin esos sueños por muy remotos que sean? Nos proporcionan algo a lo que aferrarnos cuando lo vemos todo negro. Nos dan esperanza de que todo saldrá bien, que hay luz al final del túnel. Al final, puede que la profesora vuelva a los porros.
Eso sí, una cosa tengo muy clara, no seré yo quien les corte las alas a los pájaros de mi cabeza.

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