lunes, 8 de diciembre de 2014

Deber y esperanza- Cap.2

Antes de que se diera cuenta, la noche había caído sobre la ciudad y la gente volvía impaciente a sus casas a celebrar la llegada de sus héroes. Pero Aima no tenía a su familia en la ciudad. Su madre y su hermana vivía en Lumen, ayudando a los iniciados a encontrar su camino e instruirles. Su hermana era muy pequeña cuando ella se fue a luchar contra el ejército de devoradores del Rey Hereje en las calurosas playas de Anglin Laut, pero de eso hacía ya muchos años. Tuvo un vago recuerdo de su amigo Thelonil, el curandero. Era realmente afable, con la piel azulada y el pelo largo y blanco como la nieve de Kalea, la montaña más alta de su isla natal. ¿Qué habría sido de él? ¿Continuaría con su voto a Ireth o se habría casado con alguna joven de la isla? Un arrebato de celos se apoderó por un momento de Aima. Era el varón con el que había compartido más vivencias y no la temía por su poder, puesto que la conocía desde que eran unos simples aprendices. Los hombres con los que había luchado solo pensaban en las mujeres que habían dejado en sus hogares, hablaban de sus hijos y lo mucho que les echaban de menos. Era deprimente. Y cuando se acercaban a algún pueblo solo buscaban la compañía de mujeres muy solicitadas o intentaban conquistar a alguna joven que pretendía hacer su trabajo.
Aima para ellos era como uno más. Un ser al que había que respetar y obedecer. Apenas hablaban con ella y si lo hacían era para comentar algo sobre estrategia o traducir algún texto que estuviera en lenguaje thanirio o takeshian.
Aprendió a hablar takeshian al haber estado en Las Fraguas como mensajera durante un tiempo trayendo noticias de las diferentes batallas de los Reinos Mortales contra el Rey Hereje y su ejército. Ciertamente los takeshian le parecían más nobles que los humanos. Desde luego eran más simples e impulsivos pero mucho más abiertos y cariñosos, algo que agradeció en esos momentos. Eran buena gente pero lo que más aprendió Aima de ellos era a beber, a beber mucho. Prácticamente iba todos los días junto a sus amigos a diferentes tabernas de Las Fraguas. Desde luego la cerveza de allí era la más fuerte que jamás había probado y no recordaba por qué se despertó una vez junto a una mujer takeshian en los establos. La situación fue realmente desconcertante pero cuando la enana se despertó empezaron a hablar y se hicieron muy buenas amigas, compartiendo muchas jarras de cerveza hasta que tuvo que marcharse al Norte. 

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