lunes, 8 de diciembre de 2014

Atardecer

Caen las primeras luces del atardecer. Yo estoy paseando escaleras arriba y escaleras abajo cuando, de repente, miro hacia los grandes ventanales del piso superior de la casa. Noto que un calor roza mi piel desnuda de los hombros, el cuello y las mejillas, y me giro. Oculto entre una red entretejida de árboles, se esconde el sol de la vieja tarde. Un sol que muere entre las casas y los árboles del pueblo en el que crecí.

 Me quedo fijamente mirando hacia el sol esperando que el también me mire a mi. Siempre me han dicho que es perjudicial mirar al sol directamente, pero me pregunto cómo no mirarlo cuando tiene una belleza tan embriagadora. Los últimos resoplos de vida se agitan entre las ramas bajo la fresca brisa de la noche venidera y contemplo el paisaje con quietud y largo silencio. El sol se vuelve cada vez más rojo y tiñe el cielo de bellos colores. Los colores más cercanos al sol son rojos, naranjas y amarillos y, a medida que nos vamos alejando, se tornan rosas, violetas, morados y añiles, hasta que divisas a lo lejos la frialdad de la noche que se avecina. Busco una silla y dejo que el tiempo pase mientras observo al sol ocultarse. 

Por algún motivo que desconozco, los atardeceres me hacen pensar. Pensar en muchas cosas. En la belleza del mundo, de la naturaleza. Me hacen recordar lo efímero de la vida y nuestro paso en el mundo. Cuando yo ya no esté, cuando mi familia no exista ni el mundo en el que vivimos, el sol seguirá poniéndose todos los días dando paso a una larga y fría noche que parece no tener retorno. Una noche que oscurece nuestras almas y nuestros corazones. Que nos hace sentirnos desprotegidos y desamparados, y solo deseamos dormir. 

Dormir para no tener que enfrentarnos a las sombras de la noche y a las pesadillas. Esperando que el sol regrese, que no nos abandone, que nos guíe y nos haga ver la luz. Que nos traiga de nuevo el calor de sus rayos y la esperanza de que, tras una larga noche, nos aguarde un nuevo día.

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