El barco oscilaba suavemente a través del mar de bruma que se extendía ante ellos. Poco a poco se podían divisar en el horizonte las pequeñas islas que formaban el archipielago de Skymir y, entre ellas, Thani. Su isla natal. Aima no recordaba cuanto tiempo hacía de su partida, en este mismo barco, hacia un mundo desconocido para ella. El mundo de los seres menores. Un lugar plagado de enfermedad, odio y muerte. La fresca brisa de la madrugada mecía su pelo azulado de un lado a otro y relajaba las jóvenes facciones de su rostro.
Los marineros del barco todavía dormían en sus camas. La noche anterior habían estado celebrando el hecho de haber sobrevivido a la batalla, y no se despertarían hasta que la capitana decidiera seguir navegando y, por fin, desembarcar en las abruptas costas de Thani. Las únicas que estaban en la cubierta del barco eran una pareja de titánides centinelas que vigilaban el barco para que no fuera abordado por algún jinete del aire desviado de su rumbo o enviado para atacar a los tripulantes. Pero a esa hora, en la que el sol apenas había salpicado el agua con sus finos y cálidos rayos, no era probable que ocurriera. Aima, absorta en sus pensamientos, apenas podía oír lo que decían las centinelas, que sostenían aún sus hachas como única defensa. Seguramente hablaran de la anterior batalla o se preguntarían lo que les esperaría a su vuelta a casa.
Por fin el cielo empezaba a abrirse y, con él, la Estrella del Día iluminaba las aguas despejando la niebla y mostrando el camino. De pronto, Aima escuchó la voz de la capitana Emethil, que aún se desperezaba y se frotaba los ojos mientras llamaba a los marineros:
- ¡Levantaos! ¡ya es de día y tenemos que llegar a la costa antes de que el sol llegue al punto más alto del cielo!- gritó mientras abría las puertas del camarote y aplaudía a los pasajeros y grumetes para que despertasen- ¡Vamos, moveos, rápido!- gritaba incesante.
Rápidamente, los marineros levaron anclas y se prepararon para dar los últimos pasos hasta Thani.
Aima aún no podía creer lo que estaba ocurriendo, estaba volviendo a su hogar, después de tanto tiempo luchando por defender a su pueblo y, en ocasiones, a otras razas que hasta ese momento no habían visto sus ojos. Mientras se iban acercando cada vez más a la costa, Aima observaba el paisaje de la isla e iba recordando. Recordaba las ancestrales raíces del árbol Skynda emergiendo del agua y resistiendo las fuertes olas del Mar Brumoso que chocaban contra ellas y se transformaban en pequeñas gotas de agua que volvían a caer al mar continuamente. Siempre volvían al mar. ¿Sería ella una gotita de agua que, tras luchar con un poder mucho mayor que ella, volvería siempre al mar? Sería bonito pensar que así fuera, pero una sensación de inseguridad se apoderaba de Aima, aún no estaba segura de que la calma reinara el resto de su existencia, ya que fue educada para que luchara por establecer el equilibrio y la calma, pero, cuando ya se establece, ¿por qué lucharía ahora?
Intentó despejar esos pensamientos de su mente y centrarse en recoger y preparar su equipaje para la vuelta. Entró en su camarote y comenzó a guardar sus cosas. “Creo que lo llevo todo” pensó. “Mis emblemas, las medallas de reconocimiento, las camisas, el jubón, la capa… Sí, creo que está todo” pensó.
En ese instante notó que el Honoris se había parado. Rápidamente cogió sus cosas y salió del camarote para comprobar que no había sucedido nada. Sus ojos no la engañaban. El Honoris había arribado en el muelle de Thani. Se oyó la campana que anunciaba la llegada. Lo recordó todo al instante. Los violáceos arboles abrazaban las cabañas de pescadores, el mensajero real les aplaudía sin cesar con una sonrisa de aprobación en su rostro, y con él estaban los grifos, descansando en sus nidos y alzando sus alas con alegría, su bello plumaje bronce ondeaba al viento dejando destellos metalizados.
La tripulación les despidió con alegría clamando al viento que eran héroes, y los que estaban allí, esperando en el embarcadero para subir al Brisa Nocturna, les aplaudieron fervientemente.
Después de ese recibimiento, los thanirios del embarcadero subieron a su barco mientras se despedían de ellos.
Aima, junto con el resto de guerreros que pasaron tanto tiempo lejos de la Isla Madre, se dirigió al portal que la llevaría a la capital de su reino, Kirith. Tras atravesarlo, lo primero que vieron sus ojos fue el centro del gran primárbol tallado con la forma del primer titán thanirio, padre y fundador de la gran Thani, alzando sus brazos hacia el cielo mientras sujeta la descomunal copa del árbol. Las casas de la ciudad estaban construidas sobre los troncos de las gigantescas ramas secundarias de hojas púrpura. El tenue brillo delsol atravesaba las ramas de los árboles que custodiaban la ciudad convirtiendo el lugar en un sitio mágico. La ciudad estaba coronada por el Templo del Sol Oscuro, lugar de rezo e inspiración. Los protectores de la ciudad, antiguos ancestros y espíritus incorpóreos se paseaban con tranquilidad por las empedradas calles dejando un rastro de luz incandescente a su paso.
La tranquilidad gobernaba la ciudad hasta que una joven titánide vendedora de fruta los vio llegar.
- ¡Oh, por todos los ancestros! ¡Bienvenidos!- exclamó emocionada.
En ese momento empezó a correr por todo Kirith gritando:
- ¡Titanes de Kirith! ¡Ya han llegado nuestros héroes! ¡Han llegado! ¡Han llegado!
Antes de que se pudieran dar cuenta, todo Kirith los habían rodeado y les aclamaban. Unas jóvenes sacerdotisas les entregaron unos colgantes con el sol oscuro, símbolo de Ireth, para darles la bienvenida. Una joven se acercó lentamente hacia un compañero de Aima al que destinaron a luchar en Umbridor, un páramo desolador y triste en los reinos de los seres menores. La joven titánide tenía la piel grisácea como la roca maciza de los acantilados a los pies de la montaña Kalea y el pelo añil como la noche más oscura recogido en una larga trenza. El compañero de Aima y ella se fueron acercando, se miraban como si estuvieran teniendo una visión. Como si no existieran. Entonces, cuando ya estaba suficientemente cerca, le acarició suavemente la cara con el dorso de la mano y él comenzó a llorar. Se fundieron en un abrazo casi al instante. Lloraron y se susurraron palabras al oído. Todos los presentes se conmovieron con la escena. Cuando se separaron, Aima se acercó a ellos.
- Thalas ind-Ameth, amigo. Ya estás en casa.- dijo Aima apoyando la mano en su hombro.
Después se giró hacia la joven que aún lloraba.
- Eres muy afortunada, tu marido es muy valiente y debes estar orgullosa de él.- el titán sonrió a Aima.
- Ind Dur-Ameth Aima, eres un gran guerrera.- dijo la joven.
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