Sus ojos se bañaban con la luz que
surgía entre las copas de los árboles. El reflejo del agua y su dulce murmullo
se reflejaban en ellos. Sus labios pronunciaban palabras de esperanza mientras
sonreía para sus adentros.
Los latidos
de su corazón se fundían con el zumbante sonido de las abejas sobre suculentas
flores. Las lágrimas rozaban sus mejillas, y él sonreía. Se había quitado los
zapatos y sus pies se entretejían con la fresca hierba mientras en sus zapatos
se cobijaba de la lluvia una familia de hormigas. Hacía demasiado tiempo que el
sol no brillaba entre las nubes de plata y añil. El calor del sol traspasaba
todas las barreras y las derrotaba, fundiéndose con el frescor de la lluvia de
la tarde. Sol de brujas lo llamaban. Ya nada importaba.
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