Y bajo las atentas miradas de los niños, sus lágrimas se escondieron tras sus párpados ocultándose de la luz del sol naciente, el momento estaba a punto de llegar, sin poder detenerse a pensar en todo lo vivido, no hay suspiros ni lamentos en su boca, ni más lágrimas que derramar, los temblores y el miedo no desaparecen, el sudor corría por su frente y su espalda estaba mojada, no quedan preocupaciones en su alma pura y cálida.
El frío está llegando de forma inminente, las mariposas de su estómago desaparecen y el dolor se apodera de su ser como si un rayo atravesase sus entrañas, roídas por el paso de los años y que el tabaco y el alcohol han tornado grises y marchitas. Y su mirada, ¡Ay, su mirada!, el brillo de sus ojos desaparece lentamente como si se tratase de la más pequeña de las estrellas del firmamento que se oculta al llegar el azulado y ocre alba despidiéndose con una sonrisa de sus hermanas y dando paso a un nuevo día que no volverá a ver jamás. Los profundos mares tranquilos que habitaban en sus ojos se han tornado turbios y oscuros como si miraran una tormenta que nunca termina y que envuelve en tristeza todo cuanto toca. Su boca está seca y árida como en aquellos desiertos de palabras en los que nos perdimos los dos durante tantos años.
Tu pelo se tornó lacio y sin vida, nunca recordé verte así, las canas entretejidas en tu cabello se han multiplicado y han perdido sus brillos plateados. Todavía recuerdo que tu pelo era del color del ágata en tu juventud y tu sonrisa permanecía callada y tímida.
De tu boca ya no salen las palabras que me enseñaste ni los valores que me obligaste a aprender con tanto esmero y rectitud. Confieso que lo pasé mal pero daría un año de mi vida por volver a escucharlas y poder contarte todo lo que no te he dicho nunca, me habría gustado poder entenderte y volver a reírnos juntos hasta llorar. Quise comprenderte pero me costó demasiado escucharte para entender lo que me decías. Quería gritar de furia y dolor al mismo tiempo, quería congelar ese instante en un solo segundo y no perderte jamás. Pero te has dormido plácidamente, tu cara solo expresa calma, una calma que no volverá a alterarse nunca más porque ya no hay emociones, ya no hay alma en tu cuerpo inerte. Pero tu sabías que terminarías así, eran las tristes alas de tu destino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario