lunes, 8 de diciembre de 2014
Locura interior
De pétreas facciones me observaba desde el otro lado de la calle. Notaba sus ojos muertos sobre mi nuca. Sin vida. Sin alma. Allá a donde yo me moviera, él me seguía con esos frios ojos inertes. Ojos apesadumbrados. Manos ensangrentadas y corazón vacío. Alas libertadoras que me encarcelan, me oprimen el pecho y me persiguen. Se mueve sin moverse. Sabe lo que hago y cuando lo voy a hacer. No tengo escapatoria, no hay refugios. No seré ni la primera ni la última que no siente. Miro a mi alrededor y donde antes había gente ahora no hay nadie. Estoy sola. A la intemperie de sus ojos. Al alcance de sus manos. De esas manos. Aquellas que atrapan y no sueltan. Le noto cerca a pesar de estar tan lejos. Mis ojos se empañan y necesito huir. Pero no se puede. Él te mira. Sabe lo que sientes y le gusta. Podría solucionarlo pero no quiere. Solo decide quedarse quieto. Observando desde aquella esquina. Escrutando el interior de las personas sin que ellas lo sepan. No me toca pero lo noto muy adentro. En lo más profundo de mi alma. Observando. Descifrando los secretos más oscuros de mi alma. Los descifra y le gusta lo que ve. Me da asco lo que piensa. Me da asco lo que siente. Me da asco lo que ha encontrado. La caja de Pandora de mis deseos. Y quiere abrirla. Yo sé que quiere abrirla. Pero no le dejaré que lo haga. Ha llegado a la ciénaga de mis ideas, de mis pensamientos más ocultos, y no le dejaré que los saque. Cierra los ojos, respira hondo y no pienses. Al abrirlos todo ha desaparecido. La gente pasea por las calles, ajena a mi locura. Y vuelvo a mirarle. Solo es una estatua.
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