La noche fue larga y calmada pero la intranquilidad con la que había dormido todos esos años permanecía en su interior sin razón. Cuando hubo calmado su respiración, simplemente cerró sus ojos y descansó lo que pudo. Soñó con todas las cosas que la hubiera gustado hacer y no había podido por sus deberes con su pueblo. Haberse quedado en Lumen, convertirse en una maestra y disfrutar del verdor de las cañadas y colinas, las cuevas y los acantilados, el bosque y el olor de la hierba mojada. También le hubiera gustado instruir a su hermana en herboristería y enseñarle a distinguir y recolectar toda clase de plantas. No haberse perdido su infancia y haber podido consolar a su madre cuando mataron a su padre unos dientes de sable en Nocturnia. Haberse quedado con Thelonil y haber vivido con él, olvidando lo que ocurría en el resto de Deä.
En su mente esos sueños se veían con tanta claridad que cuando despertó creía que habían ocurrido de verdad. Tardó un rato en distinguir los sueños de la realidad pero, cuando se dio cuenta de todo, la pesadez volvió a su cuerpo como si llevara una gran joroba sobre su espalda. Contuvo la respiración unos segundos hasta volver a la calma habitual.
Los primeros rayos de sol se colaron a través del tronco de la casa árbol. Llegó el momento de irse. Aima se miró al espejo. Su rostro era igual que la última vez, no había cambiado en nada, pero ella lo había hecho, no lo aparentaba, pero lo había hecho. Antes de salir se lavó la cara y observó que todavía quedaban restos de sus marcas de guerra en los ojos, con el paso del tiempo se iban disipando por la suciedad, el polvo y la sangre; pero en ella todavía quedaba un fino rastro. Con el dedo fue dibujando sobre su rostro los símbolos ancestrales que rodeaban sus ojos. Ella ya no sentía que fueran suyas aquellas marcas, las había olvidado hace tiempo. Cuando se las hizo de pequeña su madre le dijo “Aima, algunos titanes no llevan marcas pero, los que las llevan, es porque significan algo para ellos, les recuerdan de donde son, donde están o a donde se dirigen”. “Así que decide bien lo que quieres, pequeña”
En ese momento la pequeña Aima tenía claro lo que quería. El Sol Oscuro le recordaba de donde era, el lugar al que pertenecía y en el que creía que permanecería por el resto de sus días. Pero todo cambió el día en el que decidió convertirse en guerrera y dedicar su vida a la protección de todo Skymir y Deä; ella ya había desarrollado muchas aptitudes para este trabajo. Podía atravesar el corazón de un pez incluso antes de comenzar su instrucción. Su mirada de halcón ayudó también a que su entrenamiento fuera como un juego para ella y avanzara con mayor velocidad que el resto de sus compañeros.
Pero ella no podía evitarlo, estaba hecha para ser lo que era, para utilizar los poderes que se le habían concedido desde su nacimiento, solo debía escoger: amada o temida. En su caso era demasiado tarde para elegir. Sus compañeros habían elegido temerla porque es más fácil temer que ser lo suficientemente valiente para amar. Aima, con el tiempo, dejo de intentar ser amable con ellos, resultando inútil en la mayoría de las situaciones. Finalmente decidió centrarse en sus clases de herboristería y alquimia, además de seguir canalizando todo su potencial.
El único que aún intentaba acercarse a ella era Thelonil, pequeño y tímido, sin maldad en su corazón, que ni el ser más frío del mundo podría resistirse ante su bondad. Al final, tras haberla perseguido por los bosques, observarla mientras recogía flores y nadaba en el lago, Thelonil se atrevió a saludarla y, Aima, desconcertada, le saludó tímidamente.
No tardaron en hacerse amigos y pasar mucho tiempo juntos. Thelonil, con el paso de los años, se fue enamorando de Aima, pero nunca se le ocurrió decírselo. Ella siempre sospechó algo, pero ignoraba ese pensamiento. En ese momento de su vida no le importaba. Pero el tiempo no les dejó juntos para que lo adivinaran.
Cuando Aima acabó su instrucción la reclamaron en el Consejo de Ancianos enviándola a la lucha exterior a Skymir. Mientras tanto, Thelonil siguió con su instrucción y, cuando la acabó, se convirtió en maestro en Kirith entrenando a los jóvenes y curando a las centinelas que volvían heridas de la batalla.
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